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San Juan de la Maguana

El dilema estratégico del PLD frente al PRM y la Fuerza del Pueblo

Por Jory López

Politólogo, abogado y docente universitario.

Más que una discusión ideológica, el debate sobre una posible alianza entre el PLD y el PRM debe analizarse desde la lógica de supervivencia electoral y reconfiguración del sistema político dominicano.

En política, las alianzas rara vez nacen de la simpatía. Casi siempre responden a necesidades, intereses y cálculos estratégicos. Por eso, aunque para muchos resulte impensable hablar de un entendimiento entre el Partido Revolucionario Moderno (PRM) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), la política obliga a mirar los escenarios con pragmatismo y no desde las emociones.

El PLD atraviesa el momento más difícil de su historia reciente. Después de haber sido la principal maquinaria política del país durante varios períodos, hoy enfrenta desgaste electoral, crisis de liderazgo y pérdida de influencia territorial. Sin embargo, conserva un elemento fundamental: estructura política y capacidad organizativa.

Ahí está el verdadero centro del debate.

La Fuerza del Pueblo logró crecer mediante una estrategia clara de alianzas, acumulación territorial y captación de liderazgos provenientes de distintos espacios políticos, especialmente del PLD. Esa dinámica le permitió posicionarse rápidamente dentro del escenario opositor.

Hay que reconocerlo: electoralmente, la estrategia fue efectiva.

La política de alianzas resultó determinante en su consolidación. El 14 de noviembre de 2019, el PRM presentó la denominada “Gran Coalición por el Cambio”, una plataforma que articuló diversos sectores opositores frente al oficialismo de entonces. En ese contexto, la Fuerza del Pueblo participó aliada junto a ocho partidos políticos en las elecciones municipales de febrero de 2020, evidenciando comprensión del valor estratégico de la acumulación electoral en sistemas multipartidistas como el dominicano.

Sin embargo, toda alianza política implica riesgos. Cuando un partido atraviesa un proceso de debilitamiento interno, cualquier acuerdo con una organización más fuerte puede terminar reduciendo aún más su capacidad de autonomía, identidad y crecimiento propio.

Ese es el verdadero dilema estratégico del PLD.

En términos municipales y congresuales, al PLD podría resultarle funcional construir acuerdos tácticos tanto con sectores del oficialismo como con fuerzas opositoras, dependiendo del territorio y de los intereses electorales en juego. La prioridad, desde una lógica estrictamente estratégica, sería preservar espacios institucionales, mantener presencia territorial y conservar capacidad de negociación política.

La política dominicana no se sostiene únicamente desde la Presidencia de la República. También se construye desde las alcaldías, las regidurías, la Cámara de Diputados y el Senado. Los partidos sobreviven desde esos espacios de poder territorial.

Y sí, para muchos esto puede sonar contradictorio. Pero la política suele moverse más por conveniencia estratégica que por romanticismo partidario.

El PLD necesita conservar representación, presencia territorial y margen de maniobra. Sin eso, corre el riesgo de entrar en un proceso de irrelevancia gradual, parecido al que vivieron el PRSC y posteriormente el PRD.

Porque si cualquier fuerza política logra consolidarse como eje dominante del sistema, los partidos con menor capacidad de adaptación terminan perdiendo espacio, liderazgo y capacidad competitiva.

Ese es el verdadero desafío peledeísta hoy. No se trata únicamente de regresar al poder; se trata de evitar perder relevancia dentro del mapa político nacional.

La historia política dominicana demuestra que las alianzas más efectivas no siempre son las más cómodas, sino las más útiles para cada coyuntura.

El PLD enfrenta hoy una decisión compleja: intentar reconstruirse desde la identidad histórica que lo definió durante décadas o adaptarse a una lógica de supervivencia estratégica dentro de un sistema político cada vez más competitivo y fragmentado.

La gran interrogante es si el partido apostará por preservar su esencia política o por garantizar su permanencia como actor relevante del escenario nacional. En ocasiones, la política obliga a elegir entre ambas cosas.

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