Por David de Jesús Pimentel
Contador público autorizado y fundador de DJP Consultores Empresariales
Una pareja conversa sobre cómo organizar los gastos y tomar decisiones financieras en común. Ilustración generada con inteligencia artificial.
Daniel y Laura habían elegido la fecha de su boda, el salón y la luna de miel. Sin embargo, todavía no habían conversado sobre cómo administrarían el dinero después de casarse.

Cuando consultaron a sus amistades, recibieron recomendaciones distintas. A Laura le aconsejaron controlar las cuentas y guardar una parte sin decirlo. A Daniel, no revelar cuánto ganaba. El problema comenzó cuando ambos asumieron esos consejos sin conversar entre ellos. Llegaron a la mesa pensando cómo protegerse de la persona con la que querían construir una vida.
Son personajes ficticios, pero su dilema plantea una pregunta cercana: ¿cuántas reglas sobre el dinero llevamos a una relación sin haberlas cuestionado?
Cuando conocemos a alguien, llegamos con nuestras vivencias y con lo que vimos en casa. Si hubo escasez, quizás asociamos el ahorro con seguridad. Si alguien controlaba cada gasto, podemos interpretar una pregunta sobre dinero como una amenaza a nuestra independencia. Nuestra pareja también trae su historia, y comprenderla requiere escuchar antes de defender nuestra manera de hacer las cosas.
A esto se suma un entorno que cambia con rapidez y una abundancia de información que no siempre ayuda a decidir. Encontramos consejos contradictorios y experiencias personales presentadas como verdades universales. Podemos terminar repitiendo la opinión de un desconocido sin conocer las preocupaciones de quien tenemos al lado.
Los datos nacionales aportan contexto. Según la Encuesta Nacional de Inclusión y Educación Financiera del Banco Central, con datos levantados en 2023, el 59.9 % de los encuestados identificó al jefe del hogar como responsable de las decisiones financieras, mientras que el 20.8 % señaló a ambos miembros de la pareja. Además, el 64.5 % manifestó no llevar presupuesto ni registro de ingresos y gastos.
Estas cifras no permiten juzgar la calidad de las relaciones. Sí invitan a preguntarnos cuánto conocemos de las cuentas del hogar y cómo participamos en decisiones cuyas consecuencias compartimos.
Una persona puede tener mayor habilidad para organizar pagos, registrar gastos y dar seguimiento al ahorro. Asignarle esas tareas resulta razonable, siempre que ambos conozcan la situación económica y participen en las decisiones importantes. Delegar la administración tampoco debería significar desentenderse de ella.
Ganar más no concede la última palabra. Los ingresos pueden cambiar por desempleo, enfermedad, estudios o responsabilidades de cuidado. También existen aportes al hogar que no aparecen en una cuenta bancaria y merecen reconocimiento.
Por eso, dividir los gastos por mitad puede funcionar para algunas parejas, pero no debe convertirse en una fórmula obligatoria. Cuando los ingresos son distintos, el mismo aporte puede representar un esfuerzo muy desigual. La distribución necesita considerar las posibilidades y responsabilidades de cada uno.
También es válido conservar dinero personal. La autonomía permite atender necesidades propias y mantener un espacio de independencia. Conviene distinguirla del ocultamiento de deudas o de decisiones que comprometen los recursos comunes sin conocimiento del otro.
Por supuesto, organizarse no resuelve por sí solo la insuficiencia de ingresos. La misma encuesta señala que el 68.4 % de los entrevistados había tenido alguna vez dificultades para cubrir sus gastos. Hay hogares que enfrentan limitaciones económicas aun administrándose con cuidado. Reconocerlo permite discutir prioridades con realismo y menos reproches.
Los acuerdos deben responder a esas circunstancias y revisarse cuando cambien. Lo que funcionaba al comenzar puede necesitar ajustes después de tener hijos, perder un empleo o emprender un negocio.
También hay que acordar cómo conversar. Para algunas parejas será una revisión mensual alrededor de una comida o una copa de vino. Otras utilizarán una libreta compartida o un chat de WhatsApp dedicado a las cuentas. Lo importante es que ese espacio facilite la comunicación y no se convierta en vigilancia o reproches.
Separar los pendientes prácticos puede ayudar a que el intercambio cotidiano conserve lugar para un «¿cómo va tu día?», una ocurrencia o un mensaje de cariño. Entre pagos y responsabilidades, también hay una relación que cuidar.
Nuestros amigos y familiares pueden ofrecer orientación valiosa. Escucharlos tiene sentido, pero sus experiencias no sustituyen los acuerdos que nos corresponde construir. Tus amigos no van a pagar tu hipoteca. Pueden acompañarte, pero no decidir cómo vivirás con tu pareja.
Con la misma dedicación que elegimos el lugar de una boda, deberíamos conversar sobre la vida que vendrá después. El dinero necesita un plan que ambos conozcan y puedan revisar, con espacio para construir patrimonio y seguir disfrutando de estar juntos.
Fuente de las cifras. Banco Central de la República Dominicana, Encuesta Nacional de Inclusión y Educación Financiera (ENIEF 2023), pp. 33, 34 y 36.


