19.2 C
San Juan de la Maguana

Ritos de la muerte

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Por; Rubén Moreta


Por la naturaleza finita de los seres
vivos, la muerte es consustancial a la vida, aunque, para los humanos, ésta
resulta siempre umbría e insondable.  La
vida y la muerte discurren en una extraña y silente dicotomía.  La vida con grandes aliados  y apologistas (la religión y la ciencia), y
la muerte, despreciada e impugnada por el fundamentalismo religioso, que
sugiere y promete -tras su consumación- una nueva vida al lado de Dios, o si el
comportamiento fue detestable, una condena oprobiosa junto a Satanás.  De esta manera, el paradigma religioso esboza
un enfoque reduccionista de la muerte, porque promete más vida tras la muerte,
que sería placentera con Dios versus otra en arredro con el Diablo. 


Socialmente, en torno a la muerte se
han construido rituales  que van a
guardar relación con la cultura y tradiciones de cada pueblo.  Estos ceremoniales son antiquísimos. Fueron
los neandertales los primeros homínidos que comenzaron a enterrar a sus
muertos, lo cual data de aproximadamente 230 mil a 130 mil años. 


En San Juan, como en el resto de
nuestro país, los muertos son velados en la sala de la casa, en una funeraria o
un centro comunitario rural. 


Hasta finales del siglo pasado muchas
familias amanecían velando al difunto. 
Eran velorios maratónicos hasta la hora del entierro. 


Las casas funerarias limitan el
velatorio hasta las once de la noche y logran hacer menos extenuante esas horas
de infortunio. 


Algunas personas, generalmente muy
mayores, que ellos mismos construyeron su casa, por el valor que le confieren a
su morada, antes de morir piden que no lo velen en tanatorios, sino en su techo
que levantaron con mucho sacrificio.


El llanto es abundante entre los
familiares cercanos.  Cada vez que llega
una persona a ofrecer el pésame, se encienden los gritos dolorosos.  Mientras de menor estrato social sea el
difunto, habrá más llanto.  Los de clase
media y los ricos suelen llorar menos.


En la sala de la vivienda donde
residía el finado, se prepara un pequeño altar encima de una mesa, cubierto con
un mantel o sábana blanca (ocultándole 
siempre las patas a dicho mueble), con una fotografía del difunto en el
centro, junto a imágenes de la virgen de la Altagracia, de Jesucristo u otra
deidad o imagen católica. 


El pequeño retablo doméstico es
adornado con flores frescas dentro de un jarrón con agua, un velón grande
(encendido todo el tiempo), un crucifijo, una campana, agua bendita y ramitas
de ruda.  Debajo de la mesa del altar se
coloca un vaso de agua y una taza de café, que no pueden tocarse durante todo
el novenario. 


Conforme las tradiciones religiosas de
República Dominicana, después de la sepultura, 
los familiares del difunto suelen dedicarle y guardarle un novenario,
que es un tiempo de recogimiento, donde se recibe el pésame de amigos y
allegados, se realiza una misa al caer la tarde y el ultimo día, un rezo
especial con tres tercios del rosario de una hora de duración.  Puede ser también una “hora santa” y una
misa, o simplemente una misa de una hora con un sacerdote. 


Para las novenas se utiliza una
rezadora o rezador de la comunidad para dirigir, sentada/o al lado del pequeño
altar, el santo rosario.  Asimismo,
pueden encabezar las novenas un grupo de rezadoras de la iglesia católica
local.  Otros prefieren hacer la novena
en el templo más cercano. 


Los dolientes suelen usar vestimenta
de color negro, gris, blanco o combinaciones. 
Las mujeres suelen permanecer meses y años con ropa de estos colores
apagados, como sinónimo de respeto al ser ido a destiempo. 


En las comunidades rurales sureñas y
en los barrios populares, la puerta frontal de la casa del difunto no se abre
durante el novenario. Concluido el último rezo, se procede a abrir dicha puerta
y se lanza el vaso de agua y la tasa de café que estuvo durante los nueve días
debajo de la mesa, para que el espíritu del difundo se marche y no se quede
deambulando en el interior de la casa.


Acuden al último rezo todos los
familiares lejanos y amigos que no pudieron ir al velatorio, por lo que se
congrega mucha gente.  Ese día, aún vivan
en condición de pobreza, los deudos anfitriones preparan abundante comida y
brindis.  En los campos rurales del sur
se “matan” animales y se cocinan en el patio o en una casa contigua.  Cuando la comida está preparada,
ordenadamente se van llamando a los presentes a disfrutar de los alimentos.


En los centros urbanos, las capas
medias y los muy adinerados contratan servicios gastronómicos en restaurantes
que son servidos in situ.


Cada año, hasta el séptimo
aniversario, se le hace al difunto una ceremonia que en los campos sanjuaneros
denominan “cabo de año”.  Esta
denominación es el resultado de la corrupción de la frase “al cabo de año” o
“al cabo del año”, y consiste en una reunión de familiares, vecinos, amigos y/o
allegados para recordar la sentida partida del pariente.


En la conmemoración “al cabo del año”
se pronuncian tres tercios del rosario, o se hace una “hora santa”, que es un
solo rosario de sesenta minutos o una misa en la casa familiar o en una
iglesia.  Tras los siete años de recuerdo
ritual se abandona la conmemoración mortuoria aniversaria.


Puede haber cambios en el novenario,
porque modernamente, cuando hay familiares cercanos que residen en otros
pueblos, la familia, de común acuerdo, puede hacer recortes y adaptaciones de
días para que las últimas preces se hagan sábado o domingo.  Los cristianos protestantes o evangélicos no
siguen estas tradiciones.



El autor es Profesor UASD.

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